ROLLOS Y PICOTAS EN SIERRA DE GATA

ROLLOS Y PICOTAS EN SIERRA DE GATA

ROLLOS Y PICOTAS EN SIERRA DE GATA

Seguramente más de un curioso viajero, al recorrer nuestra Sierra y visitar Moraleja, Torre de Don Miguel, Valverde del Fresno o Santibáñez el Alto, se habrá sorprendido ante la contemplación de esas columnas de piedra que se encuentran a la salida de las localidades – casos de Moraleja – o en el interior las mismas – caso de Santibáñez y Valverde –. El de Torre se ubica actualmente en la entrada del pueblo tras su reconstrucción o rehabilitación por Don Telesforo Torres – estudioso de la villa –, aunque antaño se situaba en la Plaza Mayor. Estos monumentos – que culminan en una especie de capitel o en una cruz, casos del de Santibáñez, Valverde y Moraleja, al de Torre parece faltarle ese apéndice – se conocen como rollos o picotas, confundiéndolos, porque tanto los unos como las otras tuvieran funciones diferentes, como se verá. Por lo que respecta al de Valverde, queda la duda de si puede considerarse rollo o crucero.

ROLLOS CILLEROS
Posibles restos del rollo de Cilleros

                                                            

Cilleros también tuvo en su tiempo de esas columnas y dos, para mayor abundancia. Una estaba en la parte suroeste del pueblo, próxima a la ermita de San José – que sería el rollo identificativo de su condición de villa, pues de ahí partía el camino hacia Alcántara, de cuya Orden Militar dependía Cilleros – y otra en el barrio que se conoce “como de la Pica”, nombre – pica – de donde derivaría picota, lugar destinado para exhibir a los ajusticiados en el Medioevo. Según mis estudios, los acusados de delitos mayores eran juzgados en lo que hoy es la plaza de San Blas. Como recordarán las personas mayores de Cilleros, sobresaliendo de la torre campanario había una serie de gradas pétreas escalonadas donde antaño se sentaba el pueblo que asistía a los juicios. El reo salía de la cárcel, que ocupaba unos bajos del Ayuntamiento, para ser juzgado y condenado. Luego era llevado hacia el Cerro de la Horca – topónimo que aún perdura –, no sin antes pasar por la ermita del Espíritu Santo, que se hallaba a la salida del pueblo y de la cual quedan aún numerosos restos, para recibir los últimos auxilios espirituales. Una vez en el cerro mencionado era colgado hasta morir. Luego, trasladaban sus restos hacia la picota – la Picha – donde permanecían hasta ser devorados por las alimañas. También puede suponerse que algunos de los miembros o partes del cadáver serían llevados hacia el rollo, para que sirvieran de advertencia a quienes entraban en la villa.  

En su configuración, el rollo consiste básicamente en una columna de piedra de forma cilíndrica o poligonal de altura variable – entre tres y cinco metros – con cierta ornamentación: escudos locales, de señoríos – caso de Santibáñez, que ostenta el de la Orden de Alcántara –  o reales – el de Moraleja, atribuido a Felipe IV –, inscripciones… y rematada de ciertos elementos sobresalientes. Todo dependía del mayor o menor poder económico de la localidad donde se erigía. En su base solía haber tres o cuatro gradas, bien circulares, bien cuadradas. Y del fuste pendían en ocasiones grilletes o cadenas para aprisionar a los condenados. Este elemento de jurisdicción y justicia se colocaba bien a las afueras de la población, sobre un cerro, en el camino de acceso, en cualquier lugar despejado o en la plaza del lugar; pero siempre en un paraje público y transitado, circunstancia que ha dado lugar a topónimos con él relacionados: calle o plaza del rollo, cerro de la horca…

PICOTA CILLEROS
Posibles restos de la picota de Cilleros

El rollo era antiguamente – pues – indicativo o signo de jurisdicción, ya que indicaba la autonomía de esa localidad en asuntos relacionados con la administración de justicia, franquicia que le daba su categoría de villa – ya fuesen de realengo, señorío, abadengo u obispal – o ciudad y era a la vez como elemento conmemorativo de su fundación como tal, ya que, al tener jurisdicción propia, tenían el derecho y la obligación de levantar “horca, picota, cuchilla, cadena, y las demás insignias de jurisdicción que se acostumbran y suelen poner”, nombrar sus jueces y autoridades locales según rezan los documentos de la época, como manifestación de su independencia jurisdiccional. Nació, pues, con un carácter esencialmente administrativo; es decir, se consideraba como un símbolo que le otorgaba cierto crédito respecto a las poblaciones colindantes que carecían de ese privilegio. Aunque no quiere decir que no pudiera tener un carácter punitivo, pues en numerosos casos sirvió de picota, donde se encadenaban a los reos siguiendo la capacidad de los Concejos para juzgar y sancionar según recogía el Fuero Juzgo visigodo.

Con la abolición de los Señoríos por parte de las Cortes de Cádiz – 23 de mayo de 1813 –, tanto las picotas como los rollos – al igual que otros signos de vasallaje – fueron suprimidos, mas no eliminados totalmente, como puede apreciarse por los que perviven en nuestra Sierra y en otras varias localidades de la Alta Extremadura – especialmente en La Vera –, con un total de cuarenta ejemplares bien conservados – aunque algunos se ubiquen hoy fuera de su lugar original –, gracias al hecho de que dicha normativa fue desobedecida por los Regimientos locales, que los transformaron dándoles un aspecto religioso – tal pudo ser el caso e Valverde –, convirtiéndolos así en cruceros, aunque en algunos lugares la desaparición fuera debida a otros motivos.

Por otra parte, en el siglo XIII comenzó a usarse la picota – sustantivo derivado probablemente de pico, punta, o de pica, especie de lanza larga compuesta de un asta con un hierro pequeño y agudo en el extremo superior –, que era el lugar donde se exhibían las cabezas de los ajusticiados o se exponían a la vergüenza pública a cuantos hubiesen cometido algún delito menor: robo, fraude en las medidas, estafa… Mas en sentido estricto la picota era la porción puntiaguda – de ahí su nombre – que terminaba por la parte superior del rollo. Aunque prestaba servicios diferentes su misión más conocida era de servir para exponer a la vergüenza pública a determinados delincuentes, o sus restos en el caso de que hubieran sido ajusticiados, al objeto de que fueran conocidos por todos y sirviera de aviso a otros posibles facinerosos que desearan cometer algún delito. Esa exposición a la vergüenza o la deshonra se hacía tras haberle azotado durante una o más horas y en determinadas ocasiones el delincuente era sujetado clavándole una mano a ella. Como recogía en el siglo XIII una de las Siete Partidas de Alfonso XI el Sabio – partida 7ª, ley 4ª del título XXI: – “La setena es quando condenan a alguno que sea azotado o ferido paladinamente por yerro que fizo, o lo ponen por deshonra dél en la picota, o lo desnudan faciendole estar al sol untado de miel porque lo coman las moscas alguna hora del día”.

ROLLO TORRE
Rollo de Torre de D. Miguel

Aunque estas columnas ejemplarizantes comenzaron a usarse a partir de la Edad Media – entre los siglos v y xv –, se sabe que la picota es más antigua, ya que su precedente más arcaico se encuentra en las columnas de madera – columnas moenias – que los romanos levantaban extramuros de sus ciudades para dedicarlas a castigos menores, hasta que se decidió levantarlas en piedra para hacerlas más perdurables. Los rollos y picotas siguieron usándose en España – como antes dije – hasta su abolición por las Cortes de Cádiz en 1813, que dispusieron la obligatoriedad de “quitar o demoler todos los signos de vasallaje que haya en sus entradas, casas capitulares o cualesquiera otro lugar”. La medida fue bien acogida por el pueblo llano, que desde un principio había demostrado su rechazo, pues la justicia administrada en las picotas era sólo para los villanos, nunca para nobles o eclesiásticos, de ahí que – con el discurrir de los tiempos – la picota comenzara a convertirse en el símbolo de la opresión del pueblo, de la existencia de dos varas de medir para nobles o para villanos: los villanos, al rollo, pero nunca los nobles o eclesiásticos. 

Para concluir debo citar los nombres de tres personajes históricos y conocidos cuyas cabezas fueron expuestas en el rollo de la localidad vallisoletana de Villalar tras haber sido decapitados en esa misma localidad: Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, que habían liderado las fuerzas comuneras que lucharon contra el emperador Carlos I en unos momentos de inestabilidad política de la Corona de Castilla que venía arrastrándose desde la muerte de Isabel la Católica en 1504. La fecha 23 de abril – fecha en que fueron ajusticiados los líderes comuneros – ha pasado a convertirse en el Día de la Comunidad de Castilla y León, en recuerdo de aquella derrota.

POR JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ PLASENCIA